Todos estamos inmersos en la coyuntura de la pandemia de la covid-19. Lo sanitario se impone a la economía y debe ser así, la vida está primero.

Recientemente se llegó a un acuerdo con los bonistas por el tema de la enorme deuda que dejó el gobierno anterior.

Con el acuerdo entre el Gobierno nacional y los acreedores de la deuda externa, esquivamos el décimo default consecutivo. Las condiciones de pago previas eran absolutamente inviables ya que este año vencían 15.000 millones de dólares.

Fue una negociación compleja en medio de una pandemia y que tuvo que ser mantenida vía comunicación virtual, no cara a cara.

Ahora viene el turno del FMI que el ministro de Economía Martín Guzmán anticipó será en los primeros meses del año próximo. Esta renegociación está enmarcada en lo que algunos denominan un romance por conveniencia ya que tanto el Gobierno nacional como el FMI necesitaban que se cerrara el acuerdo con los bonistas. Habrá que estar atentos porque estos romances no suelen durar mucho tiempo ya que subsiste una cuestión política de fondo; más allá del arreglo de la deuda, el tema pasa por la imposición del programa económico del Fondo, que va a ir, como siempre, por políticas de ajuste, flexibilización laboral y la reforma previsional.

Cuando comience la vacunación a la población, estaremos en condiciones de encarar una recuperación que, en un primer momento, vendrá sola con la reapertura de actividades.

Uno de los problemas a resolver será la recuperación del empleo privado muy castigado por la pandemia aquí y en todo el mundo.

En este aspecto, el rol de Estado deberá tener como prioridad impulsar fuertemente la obra pública y facilitar créditos para la inversión privada. La pandemia puso al Estado como el principal actor, en el país y en el resto del mundo, para sostener la actividad, pero en nuestro caso la falta de dólares, la tensión en las finanzas públicas y, sobre todo, un escenario internacional muy complicado por la covid19 y la deuda, achicó los márgenes de la política económica.

Por lo tanto, se abren una serie de interrogantes acerca de cómo se va a administrar el ordenamiento económico a futuro, las finanzas públicas y el tipo de cambio; interrogantes que, en gran parte se explican por el grado de incertidumbre y hasta desesperación que existe.

Una alternativa, tradicional, ortodoxa, neoliberal, o como se quiera llamar, sería salir a tomar nuevamente deuda, abrir la economía, pedir más apoyo al FMI, que vengan a decir lo que tenemos que hacer y si hacemos todo eso, nos insertamos nuevamente a ese mundo que ya nos hizo fracasar.

¿Cuál sería la otra opción? No un ajuste ortodoxo, sino un ordenamiento, con una política soberana en defensa del mercado interno, de las exportaciones, de la empresas nacionales y, sobre todo, tratando de responder a los desafíos estructurales de la economía, planteados básicamente en el sector industrial y dentro de éste, la agro-industria para generar los dólares necesarios que nos saque de la tradicional restricción externa,

No más bicicleta financiera y fuga de capitales. Hay que administrar las pujas distributivas.

En síntesis, construir una estrategia propia, con consenso social para una economía de mercado, abierta inteligentemente al mundo y con inclusión social.